La violencia invisible

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Beatriz Rescalvo Aracil
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Cómo identificar señales del maltrato psicológico en la pareja

Cuando hablamos de violencia, se sigue reduciendo su significado a la fuerza física que aplica una persona sobre otra o a una amenaza explícita. Detectar este tipo de agresiones que son visibles, nos pueden inducir a movilizarnos para protegernos. Pero existen muchas otras conductas que no son explícitamente violentas, y no por ello, son menos graves o tienen menos efecto dañino sobre nosotros/as. Hay una tendencia en la sociedad a normalizar ciertas agresiones por el simple hecho de ser más sutiles y menos directas. No evidenciar un acto de violencia no quiere decir que deje de catalogarse como tal. De hecho, cuanto más sutil es la violencia, más desapercibida pasa y más fácil es que convivamos con ella en nuestro día a día.

Hay muchas personas a las que les cuesta identificar el maltrato; tienden a justificarlo e incluso, en muchas ocasiones se llegan a sentir responsables de haber provocado respuestas agresivas en el/la otro/a. Esto hace que las víctimas se atribuyan la culpa y dejen de actuar espontáneamente, lo que les puede llevar a anularse y entrar en un estado de hipervigilancia con respecto a lo que hacen y a lo que son.  Esta reacción, a su vez, empodera a la persona que ejerce la violencia como forma de relacionarse en la pareja entrando así en una espiral de violencia.

 

La violencia en la pareja es un tipo de violencia intrafamiliar. Se caracteriza por acciones coercitivas e intimidatorias de alguien hacia su pareja. En ocasiones esta violencia es cruzada o recíproca. Son relaciones de abuso, de poder y de control con el objetivo de dominar a la otra persona para así asegurarse la dependencia y, por tanto, la durabilidad del vínculo. Este tipo de interacciones va minando a la víctima, lo cual la hace más vulnerable y sumisa. Produce un daño y un malestar grave que puede derivar en un estado de indefensión, depresión y ansiedad. En algunos casos en los que el maltrato es muy sutil y difícil de percibir como tal, la víctima empieza a padecer sintomatología ansiosa, depresiva o somática sin motivo aparente. Este malestar que aparece repentinamente puede ser una señal de alarma que nos ayude a identificar que algo no va bien. La persona que sufre la violencia va adoptando respuestas de sumisión como una manera de protegerse y evitar el conflicto, pero esto no hace más que alimentar el poder del abusador.

 

La idea de amor romántico es peligrosa y hay que tenerla en cuenta de cara a la prevención del maltrato y la violencia en la pareja. Quien bien te quiere te hará llorar resume a la perfección esta idea tan retrógrada y equivocada del amor y que tanta confusión genera. El ideal del amor romántico distorsiona nuestra percepción de lo que debe ser una relación de pareja sana. Una relación de pareja saludable debe estar basada en el respeto, la dignidad y en la libertad.

Esa idea del amor de pareja como algo incondicional hace que el compromiso por el otro esté por encima de todo, incluso del propio bienestar y seguridad.

Para que una relación de pareja sea saludable es importante que se aseguren ciertas condiciones tales como el respeto, la libertad, el derecho a la intimidad propia y a un espacio individual más allá del de pareja. Para crecer juntos y enriquecerse mutuamente, es importante que cada miembro mantenga su espacio fuera de ésta. Estas condiciones tendrían que darse sin que deriven en consecuencias negativas o la relación se vea amenazada.

Si esta idea de incondicionalidad está muy arraigada, existiría más riesgo de sufrir maltrato en la pareja, ya que se viviría la relación desde el sacrificio por el otro hasta el punto de dejar de lado sus propias vidas y desatenderse de ellos/as mismos/as.

En las relaciones de dependencia emocional aumenta el riesgo de que se toleren formas inadecuadas de ser tratados. La idea romántica del amor habla de éste desde el sufrimiento. Cuanto más se sufre, más se ama. Cuantas más dificultades y problemas se encuentran en la relación, más auténtico es el amor. Esta serie de ideas son muy peligrosas y hacen que se distorsione lo que es una relación de pareja. Se ama con condiciones. La incondicionalidad y la dependencia sólo deberían darse en la infancia de una persona, que necesita los cuidados y la aceptación de los padres y madres, ya que sin éstos no podría desarrollarse. Es importante romper con la idea tan interiorizada de que las relaciones deben ser estables y resistentes ante toda dificultad e insatisfacción.

 

Si prestamos atención a lo que sentimos en pareja, podremos llegar a detectar si hay algo que quizá estamos tolerando que nos daña. Las emociones nos dan información acerca de nuestras necesidades y de si no las estamos prestando la atención suficiente. Si se siente miedo, vergüenza, asco y/o tristeza, es importante que se haga una revisión de cómo se está siendo tratado/a y de si la relación en la que se está implicado/a es satisfactoria o se acerca al trato esperado. Si se tiene la sensación de ir con pies de plomo, de reflexionar mucho sobre las decisiones que se toman por miedo a las represalias del otro/a, de estar encorsetado/a para asegurar la continuidad de la relación, quizá no se esté llegando a vivir con libertad; una idea completamente contraria a lo que verdaderamente significa sentirse amado.

Las señales más visibles que alertan de que se está sufriendo maltrato en la relación de pareja son las agresiones físicas, las amenazas, los gritos, los insultos y el abuso sexual. No pasan desapercibidas y se producen mucho después de que se hayan dado otros comportamientos agresivos e intimidatorios que no se detectan de forma tan clara y directa. Estas conductas han ido intimidando y anulando a la víctima de tal forma que cuando se dan las formas de violencia más explícitas, ésta se encuentra en una situación de indefensión que le dificulta salir de la situación de maltrato.

 

La violencia invisible se caracteriza por comportamientos tales como: humillar, despreciar, culpabilizar, ignorar, desvalorizar y chantajear como forma de anular y dominar al otro. Existen formas todavía más sutiles y menos explícitas, pero no por ello menos violentas, como invisibilizar al otro, infantilizarle, ridiculizarle o utilizar la ironía, que no es más que otra forma de agresión disfrazada y camuflada por el humor.

Los celos merecen una mención especial, por ser algo que tiene tendencia a ser normalizado como una sensación implícita en el acto de amar. Está muy extendida la creencia, a pesar del esfuerzo de tantas campañas de prevención para romper con esta idea, de que si el otro siente celos es una muestra de interés y de amor por nuestra persona. Se ha de tener especial cuidado con solidarizarse con la inseguridad del otro porque puede llevarnos a dejar de relacionarnos con quien queremos y de la forma en que acostumbrábamos a hacerlo hasta el punto de ir renunciando a nuestra esencia y espontaneidad. Nadie tiene la potestad de decidir por nosotros mismos cómo, ni de qué manera debemos comportarnos.

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