Cómo estimular el cerebro del niño

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El cerebro: nuestra carretera paradójica

El asfalto de cualquier carretera sufre un mayor desgaste cuanto mayor es su utilización; pero nuestro cerebro -por el contrario- es como una carretera paradójica, ya que mejora su rendimiento cuanto mayor es su uso. Además, es el único órgano capaz de experimentar transformaciones cualitativas de un modo permanente. Otras vísceras, como los pulmones, el hígado o el corazón siempre desempeñan las mismas funciones de un modo invariable, desde el nacimiento hasta el fallecimiento. En cambio, nuestro cerebro es el único órgano que permanentemente se observa, se autoevalúa y se transforma, gracias a la amplia flexibilidad que le confiere la neuroplasticidad.

El recién nacido dispone de un cerebro con más de 100.000 millones de neuronas y un número considerablemente mayor de glías, todas ellas preparadas para facilitar el aprendizaje, capaces de transformar tanto la anatomía como el funcionamiento cerebral. Este hecho es posible gracias a la neuroplasticidad, que es el conjunto de mecanismos que facilitan todas las modificaciones que experimenta el cerebro a lo largo del ciclo vital, desde la fecundación hasta el fallecimiento. Si no existiera la neuroplasticidad, el cerebro no se podría modificar y sería imposible llevar a cabo cualquier aprendizaje. El cerebro infantil es un territorio virgen, ávido de conocimientos y necesita crear nuevos circuitos para consolidar cada nuevo aprendizaje. Además, el cerebro del niño tiene mayor capacidad de transformación que el de un adulto, porque dispone de mayor neuroplasticidad. Esta circunstancia explica en buena medida el por qué se aprende con mayor facilidad durante la infancia. A este respecto hay un refrán que afirma: “Lo que no aprendió Juanito, no lo aprenderá Juan”. Si bien se puede seguir aprendiendo a cualquier edad, la infancia es un territorio privilegiado para hacerlo.

Entrenando el cerebro infantil
El aprendizaje modifica al sistema nervioso y mejora el funcionamiento del cerebro; se aprende desde
el cerebro y –a su vez– todo aprendizaje transforma el cerebro. El cerebro humano es similar a un gimnasio donde podemos mejorar la calidad de nuestra actividad mental y las capacidades intelectuales, del mismo modo que la práctica deportiva realizada de un modo asiduo mejora nuestro cuerpo. Los niños disponen de un amplio abanico de posibilidades para mejorar su actividad mental, ya que cuando menos edad tengan, con mayor facilidad pueden aprender. Algunas premisas pueden facilitar el aprendizaje infantil son:

  • Predicar con el ejemplo es un buen comienzo para estimular la actividad mental del niño. La imitación es una buena fuente de aprendizaje y por esa razón, cuando los niños observan que sus padres se interesan por la cultura, tienen inquietud científica o curiosidad por adquirir nuevos conocimientos, se sienten más interesados hacia el aprendizaje y lo hacen de un modo más espontáneo y motivado. El cerebro dispone de numerosas neuronas espejo que permiten entender las acciones que lleva a cabo el prójimo, facilitando en el propio sujeto el aprendizaje de nuevas tareas. Los niños no constituyen una excepción a esta regla.
  • Potenciar las actividades que fomenten la creatividad como la música, las artes plásticas o la expresión corporal. Un alumno que asista a clases de teatro, música o danza, siempre estará más motivado hacia el aprendizaje de las restantes asignaturas. La creatividad activa la liberación de endorfinas en el cerebro y este hecho redunda en el aumento de la motivación hacia el aprendizaje.
    Además, determinadas actividades como el aprendizaje musical aumentan la densidad del cuerpo calloso, principal estructura conectiva entre ambos hemisferios, facilitando la actividad sincronizada del cerebro. Numerosos estudios ponen de manifiesto que el aprendizaje musical durante la infancia contribuye a que disminuya el fracaso escolar.
  • Respetar los periodos críticos del neurodesarrollo para iniciar cada tipo de aprendizaje. En algunas escuelas infantiles se fuerza a los niños para que inicien el aprendizaje de la lectura cuando tienen una edad madurativa inferior a la necesaria para acometer su aprendizaje con éxito. Si bien es cierto que los niños más pequeños disponen de mayor plasticidad cerebral, no respetar los niveles neuromadurativos puede provocar reacciones de ansiedad y estrés, dificultando la adquisición de nuevos aprendizajes. Hay que respetar los ritmos de aprendizaje correspondientes al nivel madurativo del niño. infantil si el niño no ha alcanzado la madurez para dicho aprendizaje. El cerebro dispone de periodos críticos durante los cuales es más fácil el aprendizaje. Anticiparse a la edad crítica puede obstruir un aprendizaje correcto. No es suficiente considerar el nivel mental del niño para justificar si es apto para iniciar un nuevo aprendizaje.
    Dos niños con un mismo nivel mental pueden tener diferentes grados de madurez neuropsicológica, ya que dos cerebros nunca son iguales.
    En caso de duda acerca de la conveniencia de iniciar un nuevo aprendizaje, siempre será aconsejable recibir la orientación de expertos como psicólogos infantiles o neuropsicólogos.
  • Enseñar motivando para aprender con mayor profundidad. La monotonía disminuye el nivel de atención y motivación y –por el contrario– cuando se evita la monotonía y se activan las emociones positivas, el cerebro responde de un modo más eficaz y aprende con mayor facilidad. Se deberían aplicar las emociones positivas desde la escuela infantil, asumiendo que al igual que el aprendizaje transforma el cerebro, las emociones también troquelan el sistema nervioso y facilitan el aprendizaje. El sistema límbico es un conjunto de estructuras situadas en el interior del cerebro que se encarga de adquirir y archivar aquellos aprendizajes con mayor contenido emocional. Cuando se aprende algo que nos motiva o que nos apasiona, la información se traslada a dos archivos: uno es el archivo “racional”, situado en la corteza cerebral que nos permite adquirir y consolidar el aprendizaje. El otro es el archivo “emocional”, que se localiza en el sistema límbico, aportando el componente emotivo de lo aprendido. Por eso, cuando un niño o un adulto aprenden de un modo más motivado, siempre recuerdan mejor los conocimientos o habilidades adquiridos, comparativamente con los aprendizajes que realizamos, pero que no nos motivan.

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